domingo, 23 de junio de 2019

Andrés Couve, ministro de Ciencias: “Estamos en el corazón de La Moneda. Es una señal política potente”

 
Hace seis meses que llegó al gobierno con la misión de darle forma al nuevo ministro de la Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. Desde allí quiere cambiar el imaginario país. “Queremos ser relevantes para la ciudadanía y también políticamente”, dice aquí. Con su melena alborotada, peinada de medio lado y un “cableado” claramente distinto en la cabeza, Andrés Couve camina por La Moneda como un habitante más. Su Ministerio de Ciencias está ubicado en el mítico segundo piso del palacio presidencial. Quizá como un guiño para indicar que la innovación, la tecnología y la ciencia deben dejar de ser una cápsula separada del mundo del poder.

Biólogo, especialista en neurociencia, Couve lleva seis meses a la cabeza de esta nueva cartera. Ha tenido que partir desde cero. Es decir, darle estructura a un ministerio que no existía, nombrar equipos, articular una relación con el resto del gabinete y encontrar los hilos para darle gravitación a una repartición pública que debe construir su espacio.

A sus 50 años, Couve cruzó la frontera. No milita en ningún partido, pero dice que siempre le ha gustado la política y que este desafío le inyecta grandes dosis de energía y responsabilidad. Su obsesión es que la ciencia forma parte del imaginario, de la identidad de Chile.  Por estos días -y casi como remarcando un sitial especial- parte de gira con el Presidente Piñera en visita oficial a Palestina e Israel, y a la Cumbre de Líderes del G20, en Japón. A su regreso, lo espera una “gran fiesta familiar”, como él denomina al eclipse solar del 2 de julio. En los últimos meses, ha trabajado intensamente en torno a ese evento -de la mano de distintos ministerios- para promover que sea una actividad segura. “Ha despertado un interés gigantesco. A la gente le gusta aprender, asombrarse”, dice. “Y cuando hablamos del eclipse, estamos muy cerca de comenzar a hablar de astronomía, de energía solar, y ahí entra la ciencia como una contribución para transitar hacia ese país que imaginamos”.

“Los científicos estamos mucho tiempo dedicados a resolver un solo problema. En la política, uno tiene que trabajar con muchos problemas simultáneamente”.

¿Cómo se ve el país desde acá? Antes miraba desde otro lugar y sentía frustración, porque la ciencia no era prioridad.

Primero, lo veo con muchísimo entusiasmo y cariño. Yo creo que todos queremos amar el país. Y la oportunidad de estar acá, de ayudar a que el país sea amable, es una oportunidad extraordinaria. Lo segundo es que estamos aquí en La Moneda y esa es una señal de compromiso del Presidente con la investigación científica.

¿Cómo lee ese respaldo?

Es que no estamos en cualquier lugar. Estamos en el corazón mismo del gobierno. Es decir, la ciencia llegó al corazón del gobierno. Esa es una señal política potente.

¿Pero será un apoyo político real? La prioridad del gobierno es la economía, la clase media…

Pero la señal es que el Presidente puso en marcha un ministerio nuevo y nos dio la relevancia política instalándonos aquí. Eso permite tener mucha confianza. Dicho esto, hay que considerar que este es un elemento nuevo en el Estado que tiene otra visión, una visión más complementaria.

¿Y eso cómo cambia las cosas en La Moneda?

Cambia el cómo nos relacionamos. Establece una nueva manera de dialogar. Un solo ejemplo: cuando llegamos al ministerio, recién se había tomado la decisión de que la COP25 se hiciera en Chile. El Presidente llamó a la ministra de Medio Ambiente, al ministro de Relaciones Exteriores y al de Ciencia, y nos dijo: ustedes están a cargo de esta cumbre de cambio climático. Y lo que hemos hecho es incorporar a la comunidad científica a través de comités para participar de las negociaciones y también para ver cómo posicionamos los temas en la ciudadanía. Eso es algo inédito en Chile.

¿Cómo ha sido formar parte de un núcleo político?

Bueno, es un mundo nuevo. Y siendo independiente, he tenido muy buena acogida del resto del gabinete y de los partidos.

¿No ha habido resistencia? Los políticos tienen otra biología.

Son distintos, pero como lo somos todas las personas. En el fondo, es como cuando uno recibe a un nuevo integrante de la familia. Se genera tensión, porque hay que hacer espacio y porque establece una nueva relación entre los que estaban antes. Esa tensión es sumamente positiva, porque abre nuevos diálogos.

¿Y en qué son distintos?

Claramente, los científicos somos muy particulares. Estamos mucho tiempo dedicados a resolver un solo problema. En la política, uno tiene que trabajar con muchos problemas simultáneamente.

Generalmente, el mundo político tiende a resistir a los nuevos actores. ¿Llegó a romper esos muros?

Más que eso, llegué con la claridad de que este Ministerio de Ciencia fue un largo anhelo de la comunidad científica, pero yo soy el ministro de todos los chilenos y chilenas. Por lo tanto, es una misión: ser relevantes para la ciudadanía y también políticamente. Este ministerio tiene que contribuir al bienestar del país.

¿Y qué significa contribuir al bienestar?

Estamos en una transición tecnológica global, compleja, que cambia la forma en que nos relacionamos. Es decir, los cambios tecnológicos son finalmente cambios sociales. En ese escenario dinámico, la economía también está cambiando. Se encamina hacia una economía sostenible. Y cuando uno como país transita hacia una economía sostenible, implica un tránsito de todos los actores involucrados. Eso es desarrollo integral.

El tema es cuánto desarrollo económico y cuánto desarrollo humano se requieren hoy…

Cuando se habla de desarrollo integral, por supuesto que eso incluye el crecimiento, pero también el capital humano, lo social, el medioambiente. Estos cambios tecnológicos necesitan que, como seres humanos, nos adaptemos. No es que tengamos que asumir que va a quedar gente sin empleo, sino que debemos capacitar a las personas para que puedan trabajar en empleos del futuro. El Presidente nos ha dicho que no podemos quedarnos atrás. Estamos en una transición global que requiere generar conocimiento para comprender mejor lo que está ocurriendo.

El presupuesto de inversión para investigación científica desde el Estado es bastante bajo. ¿Cómo se impulsan esos cambios?

Desde el Estado hay un diagnóstico compartido de que la inversión en investigación y desarrollo en Chile es muy baja. Sin embargo, la discusión ha estado centrada en un número, que es el porcentaje del PIB que se debiera invertir. Llevamos décadas en esa discusión y ha sido inconducente, porque no nos ha permitido hacer un cambio.

¿Pero cómo se hace un cambio si no se tienen los recursos?

Lo que pasa es que de una discusión centrada en cuánto debe ser ese porcentaje, tenemos que pasar a una conversación de cómo lo hacemos. Y ese es un trabajo que tiene mucho más densidad, mucho más contenido. Tiene que ver con elaborar programas, con buscar otros caminos para hacer más viables esos cambios.

¿Qué cree que espera la comunidad científica de este ministerio?

Se espera que la ciencia sea parte de lo que hacemos como país, que la comunidad científica crezca, que tengamos más investigadores y que sigamos liderando la investigación en América Latina. Un gran anhelo que tenemos en el ministerio es tener ciencia más conectada. O sea, que muchas personas participen, con su conocimiento, en investigación científica en distintos ámbitos sociales. Esa es una gran tarea que tenemos.

Cuando habla de que la ciencia sea parte del imaginario del país, ¿qué significa?

Que sea parte de nuestras conversaciones y nos sintamos orgullosos del conocimiento que generamos en Chile. Eso tiene que ver con cómo llevamos la ciencia a la ciudadanía. Otro anhelo es desarrollar ciencia vinculada a nuestro territorio. Que usemos las ventajas comparativas de los laboratorios naturales, así como las hemos usado en el norte en astronomía. Tenemos una costa que nos pone frente a un océano que es un laboratorio natural abierto y que nos debería permitir ser líderes en investigación oceánica. Somos la puerta de entrada a la Antártica, y el extremo austral es un lugar privilegiado para hacer monitoreo de cambio climático.

El factor incertidumbre

¿Se ve en política por un tiempo acotado, pensando en volver a su laboratorio, o se abre para usted un nuevo camino?

Por ahora estoy totalmente dedicado a este ministerio. Es una tarea preciosa y muy ambiciosa. Mi dedicación, mi lealtad con el proyecto es total. Queremos que este ministerio se convierta en un motor para el país.

Pero a futuro, ¿dónde se ve?

Mira. Yo soy un científico y no le temo a la incertidumbre.

¿Los científicos no le temen a la incertidumbre?

La ciencia vive de lo desconocido. La ciencia no es lo que ya conocemos, sino cómo descubrimos lo nuevo; cómo nos embarcamos en lo nuevo. En ese sentido, siempre estás frente a lo desconocido. Eso ha permitido, históricamente, hacer grandes cambios en la humanidad.

O sea, ocupar la exploración como llave.

Absolutamente. Mira. Vamos a celebrar los 500 años del descubrimiento y el paso por el Estrecho de Magallanes. Esencialmente, ese fue un viaje de descubrimiento hacia lo desconocido. Un viaje que se inició sin noción de en qué iba a terminar. Y, finalmente, con ese viaje cambiaste el orden mundial, cambiaste la cosmovisión. Cambiaste el cómo habitamos este planeta. ¿Qué te quiero decir con esto? Que ese descubrimiento fue hecho por personas que no sabían hacia dónde iban y, sin embargo, eso se tradujo en un cambio paradigmático de cómo habitamos el planeta. Entonces, yo me pregunto: ¿Cuál es ahora el nuevo viaje a lo desconocido? Bueno, ese es el viaje que me gusta a mí.

lunes, 25 de marzo de 2019

Reforma al Sistema de Pensiones del gobierno de Piñera (I): el fracaso de las AFP y las cuentas individuales

el fracaso de las AFP y las cuentas individuales
21.03.2019 Por Marco Kremerman

TEMAS: Economía, Pensiones


Esta es la primera columna de una serie del economista Marco Kremerman (Fundación Sol), sobre el proyecto de reforma de pensiones en discusión. Aquí sostiene que los fundamentos del proyecto están equivocados, pues no considera las exiguas pensiones como un urgente drama humanitario que asfixia a los más vulnerables, sino como un problema de “expectativas” incumplidas, gatillado por cotizaciones insuficientes, una mayor esperanza de vida y las condiciones de la economía. Una verdadera reforma, dice, “debe establecer estándares mínimos bajo los cuales no puede quedar ninguna persona (…) que permitan a los cotizantes mantener su calidad de vida en relación a la que tenían cuando trabajaban”. El paso previo: admitir el fracaso del sistema basado en cuentas individuales administradas por AFP. Aquí expone las cifras que avalan su postura.

El Sistema de Pensiones se ha transformado en uno de los principales problemas para el sistema político chileno. Al comenzar el siglo XXI y luego de cumplirse 20 años de funcionamiento del sistema de AFP, los gobiernos de turno comenzaron a realizar algunas reformas paramétricas (creación de los Multifondos el 2002) y asistenciales (creación del Pilar Solidario el 2008). Además, se ha convocado a dos comisiones asesoras presidenciales para proponer reformas (lideradas por Mario Marcel en el primer gobierno de Bachelet y David Bravo en su segunda administración); y luego de varias marchas masivas bajo el llamado NO+AFP, convocadas por la Coordinadora Nacional de Trabajadores y Trabajadoras, a partir de 2016 se presentaron proyectos de ley para intentar hacer frente a una exigencia material que sobrepasa las convicciones y los particulares ritmos de las coaliciones políticas que han gobernado Chile desde 1990.

En 2017, al final de su segunda administración, la entonces presidenta Michelle Bachelet, presentó un proyecto de ley (que no estaba en su programa, pero que la presión social, como siempre ha pasado en la historia, obligó a poner sobre la mesa) que, por primera vez desde 1980, propuso agregar un componente colectivo -basado en los principios de la seguridad social- al sistema de pensiones contributivo. Se proponía, entre otras medidas, aumentar la tasa de cotización en 5 puntos porcentuales, dos de los cuales serían administrados bajo la lógica del ahorro colectivo y del reparto. Esa lógica está presente completa o parcialmente en los esquemas de pensiones del 95% de los países del mundo.

De esta forma, el sistema de pensiones chileno por fin podría ser mixto, aunque hegemónicamente de cuentas individuales (un sistema mixto “a la chilena”), ya que sólo el 13% (2 de los 15 puntos porcentuales) de la cotización total sería administrado bajo el paradigma de la seguridad social. El corazón del sistema seguirían siendo las cuentas individuales de las AFP. Este proyecto de ley permitía mejorar las pensiones actuales en un 20%, y demostraba que un sistema que no considera la solidaridad intergeneracional tendrá muy poco impacto. A pesar de proponer solo ese pequeño cambio, el proyecto no prosperó.

Cambió el gobierno, cambió la coalición política en el poder y se presentó al país una nueva reforma previsional.

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El domingo 28 de octubre de 2018, por cadena nacional, el Presidente Sebastián Piñera explicó los pilares fundamentales de la reforma al sistema de pensiones que espera comenzar a ejecutar durante su mandato. Junto al proyecto de ley, el Ejecutivo ingresó dos informes cuyo objetivo es dar sustento técnico a los cambios presentados: un Informe Financiero, para medir el impacto fiscal de las medidas (más una Minuta Técnica para establecer los efectos de la reforma sobre el Fondo de Reserva de Pensiones y un Informe de Sustentabilidad de los Fondos de Cesantía); y un Informe de Productividad que mide los efectos de la reforma en distintas variables macroeconómicas, tales como crecimiento económico (PIB), empleo formal, salarios, ahorro e inversión.

En su capítulo II (Fundamentos de la Iniciativa), ese proyecto de ley establece:

“El sistema de pensiones está entregando pensiones de vejez por debajo de las expectativas de parte importante de la población. En particular, los más vulnerables, la clase media y las mujeres no están recibiendo del sistema de pensiones lo que esperan de él. Esta situación se explica principalmente por una baja densidad de cotizaciones durante la vida laboral; por la mayor expectativa de vida de quienes llegan a la edad de pensión, lo que obliga a financiar más años de pensión; y por una caída en las tasas de retorno de largo plazo, tanto durante el período de acumulación, como en los años de retiro”.

A partir de estos dos párrafos se puede concluir que el proyecto omite que el nivel de pensiones que recibe la mayoría de los actuales jubilados no les permite satisfacer sus necesidades básicas. Y por tanto, no se trata de un problema de “expectativas”, sino de sobrevivencia: una urgencia social y humanitaria.

Por la misma razón, no corresponde culpar a los trabajadores y trabajadoras porque no cotizaron lo suficiente, o porque viven más años o responsabilizar a las condiciones externas de una economía mundial que ya no permite obtener tasas de retornos como en la década de los 80′ o los 90′.

El gran problema es que un sistema de pensiones que descansa exclusivamente en su pilar contributivo en el paradigma de las cuentas individuales, por la forma en que fue construido está condenado a producir bajas pensiones. Y ello, porque para cumplir su objetivo -pagar pensiones que permitan vivir en el país de origen- presupone que son las personas que viven en ese país las que deben adaptarse al sistema de pensiones establecido. El enfoque debería ser al revés: un país debería definir -a través de una discusión democrática- un sistema de pensiones que se adapte a la realidad de las personas que allí viven, de tal forma que no comprometa su sobreviviencia y su ciudadanía.



En los últimos 10 años, el sistema de AFP y Compañías de Seguro ha duplicado el número de pensiones pagadas, finalizando el 2018 con más de 1,3 millones de pensiones en todas sus modalidades (vejez edad, vejez anticipada, sobrevivencia e invalidez). Hoy ya tenemos una primera generación que ha cotizado íntegramente bajo la lógica de las cuentas individuales en las AFP y prácticamente todas las personas conocen a un familiar, vecino o compañero de trabajo que está jubilado por el sistema privado. Por tanto, cualquier paso en falso que la clase política lleve a cabo para reformular el sistema, tiene mayor repercusión que hace una década y un impacto de carácter nacional y masivo.

El problema material y humanitario es evidente, ya que los resultados que ha entregado el sistema de AFP luego de casi cuatro décadas son concluyentes y desastrosos. A diciembre de 2018, el 50% de los 684 mil jubilados que recibieron una pensión de vejez por edad (la modalidad más masiva) obtuvieron menos de $151 mil ($135 mil si no se incluyera el Aporte Previsional Solidario del Estado). Incluso, en el tramo de aquellas personas que cotizaron entre 30 y 35 años, el 50% recibió una pensión menor a $296.332 (valor inferior al Salario Mínimo).

Sin embargo, la realidad de los nuevos pensionados es más crítica. El 50% de las personas que se pensionaron en 2018 a través de su ahorro y la rentabilidad conseguida por las AFP, solo lograron autofinanciar una pensión menor a $48 mil; y el 50% de las personas que cotizaron en su vida laboral entre 30 y 35 años, pudieron autofinanciar una pensión menor a $246 mil, lo que equivale a 82% del Salario Mínimo. El costo de vida sube en el país y las pensiones bajan.

La tasa de reemplazo mediana para las personas que se jubilaron durante la última década es de 20% sin subsidios del Estado. Es decir, si solo se considera el ahorro de los pensionados y la rentabilidad que consiguen las AFP con esos fondos, el 50% de los pensionados obtiene menos del 20% de su último salario. La tasa de reemplazo sube a 40% con el Aporte Previsional Solidario, situándose muy lejos de la promesa inicial que se realizó en los ‘80, en el inicio del sistema, que proyectó tasas de reemplazo entre 70% y 80%.

Ante tal panorama, cualquier reforma al sistema de pensiones que se lleve a cabo en los próximos años y que realmente busque resolver este problema humanitario, debe entregar una ruta de corto, mediano y largo plazo al país. Esa ruta debe establecer estándares mínimos bajo los cuales no puede quedar ninguna persona que ya se ha pensionado o que lo haga en el futuro, para no afectar ni su sobrevivencia ni su ciudadanía. Al mismo tiempo, tal reforma debe poder asegurar tasas de reemplazo que permitan a los cotizantes mantener su calidad de vida en relación a la que tenían cuando trabajaban remuneradamente.

Al analizar los principales ejes del proyecto de ley para reformar el sistema de pensiones propuesto por el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, se puede concluir que el objetivo expresado en el párrafo anterior no se cumple. De no mediar cambios profundos, la crisis previsional se acentuará. Esto será explicado en detalle en las próximas columnas.

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